Andreu Beltran @debaaser
Las primeras impresiones son engañosas. Las personas acostumbramos a juzgar sin conocer. Por eso, hay veces en las que es necesario dar un paso más para apreciar los pequeños detalles que pasan desapercibidos a primera vista.
Los canadienses Half Moon Run llegan desde los bosques de Montreal con su tercer álbum de estudio, con su fórmula habitual, pero cediendo un pequeño espacio a la experimentación. Eso sí, siguen dejando clara su facilidad para jugar con la percusión y las harmonías como si de plastilina se tratase.
De primeras, el tercer álbum de Half Moon Run, A Blemish In The Great Light parece que no marca un cambio muy significativo en la música de la banda de indie rock canadiense. De hecho, el disco puede recordar demasiado a lo que llevan publicando años atrás. A pesar de eso, a medida que avanzas, te vas dando cuenta de la complejidad técnica de las canciones y de la sutileza que destila el álbum. La gran calidad compositiva del grupo sigue intacta, tanto como los arreglos de guitarra acústica; como los de “Natural Disaster”, que dan ese toque folk marca de la casa, además de unos coros que aportan cohesión a los temas, como los de “Black Diamond”. En “Razorblade”, se aprecia el dominio instrumental del cuarteto. Su capacidad para mezclar melodías y ritmos de forma tan descarada tiene un mérito remarcable. Un inicio de guitarra acústica, una línea de bajo que juega a trazar melodías por debajo de la voz, una continuación apoteósica con sintetizadores, guitarras distorsionadas, toques de piano y un tramo final con una voz doblada y un punteo de guitarra que parecen sacados del mismo Andrew Vanwyngarden, de MGMT, convierten a “Razorblade en uno de los mejores tracks del álbum.

Otras, como “Jello on my mind” o “New Truth”, son mucho más pausadas, con ciertos toques psicodélicos, guitarras con mucho reverb y voces repetitivas en eco que se acercan mucho más a lo que estábamos acostumbrados en Sun Leads Me On.